Sueño del páramo
"-¿Y esa luz?
- Es tu sombra..." Dulce maría Loynaz
I
Llora; largas gotas le caen de la barbilla, la espalda suda y el cuerpo se colapsa bajo las sábanas. La luz tenue y moribunda de la noche sólo vibra y se contiene en ese sudor casi desbordado del hombre. Ahora tiene la cara sobre las rodillas. Hay que verlo levantarse, agitar las cobijas, golpear los bordes de la cama, para saber que no es la primera vez. Vuelve a llorar, ahora sobre el piso. Más adelante gritará, y quizás después, cuando toda la furia haya acabado en silencio, dormirá, siempre con el miedo de volverse a orinar en sueños.
II
Es un páramo sin límites. A izquierda y derecha hay tierra. Camino descalzo y a cada pisada mis huellas dejan un camino que una vez más se borrará. No hay orillas; el horizonte es sólo eso: el infinito. Alzo la mirada y el sol está siempre en el punto del mediodía, ardiendo en esa inmovilidad ajena a lo vivo. El fuego, por más que se incendie y se consuma es algo muerto. Sigo avanzando por la lisura rojiza del páramo. En un momento dado aparece bajo mis pies un charco de agua estancada. No la seca la tierra ni la llena la luz. Un rostro al final del agua, que no es el mío, me dice: yo te conozco. Despierto. El sueño borra todo, menos el espanto.
III
- Es obvio, usted se siente sólo. En sus sueños, el páramo representa el hondo vacío que lo persigue, el rostro a través del agua es la compañía que ansía y que considera imposible.
- ¿Usted cree doctor?
- Por supuesto, hombre. Pero despreocúpese, siempre hay una solución para todo.
- Muchas gracias doctor.
- No, de qué, vuelva mañana para que podamos seguir discutiendo el asunto.
- Hasta luego, con permiso.
- ¡Hasta luego!
Al salir sintió la verdadera hondura; el rostro era lo que le daba miedo.
IV
Está despierto, eso es seguro, pero no deja de ver cinco cuadros rápidos. Primer toma: un hombre cae de un departamento en el décimo piso. Segunda secuencia: los niños juegan alrededor de él y le gritan, con festividad y violencia, hueles a mierda. Tercero, su madre haciendo alfajores mientras canta. Cuarto: él en el sueño y él en su cama soñándose. Última secuencia: está él frente a un espejo, con un revolver en la mano. Full shot. Medium close-up. Close shot. La cabeza. El arma. Bang. El silencio. Bang. Estalla como una sandía.
V
- ¿Estás bien hijo?
- Sí señorita María
yo no quise que ocurriera
lo siento.
- No te preocupes mi niño, ya todo está bien, no llores más.
- Sí señorita María.
- Estos chicos cada día son más salvajes, vamos a que te cierren esa herida y luego te pones lo que tu mami te trajo ¿sí?
- Sí profesora. Muchas gracias.
Mi madre pasó apenas a dejarme la ropa limpia. A pesar de que me cambio no dejo de asquearme ante el olor que no desaparece.
VI
¿Cuándo será la última vez? Algo en los sueños me dice que nunca.
VII
Ésta deba ser la quinta vez. Yo conozco estos casos, es el perro de la clase, alguna vez lo mencionó el director. Bueno, a mí poco me va esto, pero da lástima el pobre, sólo tiene a la madre y la madre nunca está, no tiene a nadie. Una vez salí con un chico así, siempre agachando la mirada, siempre como escondiendo algo, como avergonzándose por haber mojado la cama. Los marcan como las reses y luego una es la que tiene que andarlos reconstruyendo sin instrucciones ni guías. Ojalá mínimo fuera inteligente, pero no sobrepasa a una papa.
- ¿Ya estás listo pequeñito? Vamos a regresar al salón y verás como todos se disculpan y no vuelve a ocurrir.
VIII
Olían delicioso los alfajores en la noche, yo pensaba que eran claveles o alcatraces horneados. Mi madre era una rosa que no había florecido. Sus manos eran blancas y sus cabellos canos. Cenábamos en silencio y ella a veces me tomaba del brazo. Estaba muy sola.
Mi cuarto no tiene balcón ni ventanal, pero al final como un oasis o una fuente de luz o agua iluminada, hay un espejo.
IX
Se vuelve a repetir todo. El páramo, el sol, el charco. Sabe lo que sigue y no se resiste. Mira la profundidad de las aguas quietas. Algo se mueve sin perturbar la superficie. Le dice: Yo te conozco.
X
Ha de venir ya. Girará el picaporte. Ya casi lo escuchamos. Los pasos, uno a uno, resuenan sobre el eco ilusorio de los pasos que pensamos. Introduce la llave y los engranes lentos se golpean en el silencio mínimo de las cosas invisibles. Está ahí, la sombra todo erguida que es. Pasa de largo y lo vemos alejarse moviendo toda esa sombra difusa para que quede la larga y pesada definición de la oscuridad que proyecta la iluminación. Casi se derrumba la tensa transparencia del portal vacío, ahora sin él, soportado sólo por el umbral. Hay ruidos que no vemos. Vuelve a caminar a nuestras espaldas y no lo observamos cuando inclina el torso para recoger algo que se le ha caído, nimio, casi de espuma, puro aire en el aire, en su precipitación imperceptible que únicamente podemos suponer.
Está llorando, ha sucedido otra vez. Esto no lo suponemos. La puerta por fin se cierra con el viento de alguien que se va. Escuchamos los pasos de quien se aleja. PLOCK Plock plock. Nos hemos ido.
XI
La luz se derrama al caer del cántaro dorado; se aplasta contra los cristales; hunde su tersura en las cortinas de la cocina y por fin, agotada, apenas luz, dibuja la voz de los vasos con geometrías. Él no ha dormido nada. Los párpados hinchados de agua y sal le cierran la visión y a tientas, como en la niebla, se levanta de la esquina que lo ha contenido. Cambia las sábanas. Viste camisa y corbata. No se despide pues nada hay que lo espere. Sigue el rumor de la luz. Las sábanas se mueven en la lavadora y en la oscuridad ruidosa del electrodoméstico se filtran del accidente. Todo lo demás es silencio.
XII
Escurre de abajo hacia arriba; serpentea un poco por la acera hasta reunirse de nuevo al gran cúmulo de sangre y comprimida regresa por la nariz, la boca, el cráneo para llenar el cuerpo que era su cántaro. Una grúa inexistente jala al hombre de los pies y las manos, mientras la velocidad le agita sus cabellos. Sus pupilas contienen más espacio y su ser, eso que ahora está intacto, se atasca de aire y pulmones y corazón y latidos. Gira la cabeza a la derecha, alcanza a ver a las palomas que retroceden lo andado. Por fin los talones tocan la orilla de la ventana e imponiéndose a la gravedad alzan el cuerpo ángulo por ángulo. 180º, 150º, 100º, 90º. Los vidrios recuperan su forma cuando la cabeza que los traspasara vuelve a cruzar su límite. El rostro regresa y por último las manos cierran y funden los cristales. Dos, cinco, diez pasos hacia atrás, la mirada que toca a su hijo de reojo, luego la mano que lo acaricia en designio fatídico. Aparece el brazo y a él acude la puerta; el hombre retrocede de nuevo y la cierra. Ahora play. El padre gira la perilla, entra a su casa, cierra la puerta tras de sí con el brazo; ve al niño, esa conmoción lo hace acariciarlo. Una última mirada al chico, ahora los ojos al frente. La carrera. Las manos que interceden por reflejo puro de seguridad y quiebran la ventana. Los talones parecen pegarse al borde hasta que el cuerpo adquiere un ángulo de 240º. La caída. 10 9 8 el niño no ve por la ventana 7 6 5 4 pues lo domina el miedo 3 2 1 pero al final escucha el golpe sordo: 0 pisos que separen al hombre del suelo. Una paloma pasa por el cielo.
XIII
Es como si todo fuera un ejercicio de caminata en la niebla. No hay nada que sea suficientemente tangible, real, sólo fondos opacos, nebulosos, que lo hacen sentirse en una suerte de estanque o de sueño. El mismo movimiento de su cuerpo responde a sensaciones involuntarias. El orinarse todas las noches no puede ser algo consentido, la única razón debe ser inconciente, no concertada en ningún momento por él. Ahora está frente a la ventana. Los dedos tocan la frontera transparente que separa la oleada de la noche de él; una coraza milagrosa que aleja ese bombardeo lejano e inmenso. La estrella más distante destella como un disparo y su fulgor la acerca por un instante, tanto, que él aparta los ojos del cielo.
Mira la cama, verdadero purgatorio. La bombilla sobre su cabeza tiembla cuando jala el cordón, tambalea los resplandores finales del alambre, pintando arabescos en la penumbra. Así, solo y a oscuras, quita las colchas y se recuesta no tanto con el presentimiento del sueño como de la tortura.
XIV
El páramo. Se detiene donde se tiene que detener. Agacha el cuerpo y mira. Pega el rostro al charco, justo donde debería estar el otro rostro, pero no hay nada y únicamente está él. La rabia lo llena y golpea con ansia las aguas inmóviles, siempre perfectas como espejos, aun cuando los puños gasten la sangre sobre ellas. Ni una onda. Sigue dormido. No despierta del sueño que no acaba. Alguien desde el rincón lo ve. Ahora sí es como un ejercicio de caminata en la niebla, en la bruma que condensa todo y lo une. Un hombre cae. Los niños juegan. La mujer en soledad. Otro hombre sueña. El arma. Bang. El silencio. Bang. Yo te conozco.

















Comments
un texto curioso, es como si entraras en un mundo onírico a medida que vas leyendo, una sensación extraña, mareante... pero muy intensa!!!
felicidades!
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"For always..."
Sin palabras, pibe
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...Soy el viento susurrante que corrompe los sentidos...
Desde luego me impactó
Un saludo!
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- Tu serás feliz.
Se curioso, mira al cielo, sonrie. Grita, canta, baila aunque tengas que hacerlo solo. Sonrie.
me ha gustado mucho señor Haba
tiene mucho talento
Felicidades!
miau!
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How Artists Shout it out lout into the Stars!!!
Pobre hombre, ahora me da pena xDD
Besooos!!!
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"The greatest thing you'll ever learn is just to love and be loved in return"
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"Para que me recuerde (...) para que la abra y mire en el espejo esos ojos, esa boca. Puede ser que entienda, mirándose, que no es posible vivir sin usted" Juan Carlos Onetti
Te quiero!
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"The greatest thing you'll ever learn is just to love and be loved in return"
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"Para que me recuerde (...) para que la abra y mire en el espejo esos ojos, esa boca. Puede ser que entienda, mirándose, que no es posible vivir sin usted" Juan Carlos Onetti
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